Crónica 

La nostalgia del ayer 

Por Luis Mariano Claro Torrado



Fotografía de Álvaro Claro C. - Casa Finca Bella Vista - Vereda La Rosa Blanca - La Playa de Belén 



El día que falleció mi padre sentí un vacío muy grande, un dolor indescriptible, por mi mente pasaban muchos recuerdos y me preguntaba, ¿Qué sería de mi vida sin él? ¿Cómo será la vida de mi mamá? Hoy 42 años después de tantas vicisitudes, recuerdo la noche del domingo 30 de septiembre de 1979, cuando el estado de salud de mi papá se agravó y mis hermanos mayores decidieron llamar al Padre Elías Atehortúa Concha, párroco de nuestro pueblo para aplicar los santos óleos. Al llegar con los ornamentos sagrados en sus manos, saludó cálidamente: “¿Papá Juancho buenas noches, desea hablar conmigo?” Él hizo un gesto de aceptación y todos nos salimos. El Padre Elías procedió con el sacramento de la confesión y la unción de los enfermos. Después de varios minutos, el padre Elías, hoy Monseñor, dijo: “Quiero celebrar una Eucaristía en acción de gracias por la vida de Don Juancho” ¡Qué noble gesto de solidaridad! Es quizá la ceremonia más hermosa, emotiva y sentida que en mi vida he asistido, pero sobretodo excepcional. Todos cantamos con gran emoción y en el momento del saludo de la paz mi madre le dio un cálido abrazo, luego cada uno de los hijos Claro Franco y Claro Torrado en completo orden le dimos un abrazo: “la paz esté contigo papá”. Ese momento fue como un bálsamo para aceptar el misterio de la muerte y la fragilidad humana. Al finalizar la Eucaristía, todos cantamos: “Hacia ti, morada santa, hacia ti, tierra del salvador, peregrinos, caminantes vamos hacia ti”. 


El Padre Elías nos acompañó esa madrugada del primero de octubre de 1979, mientras mi padre repetía impaciente “¿Ya llegó Lisandro?”. Él llamaba a su nieto preferido que estaba de viaje y había prometido adelantar su regreso. Eran las cuatro y media de la mañana cuando sorpresivamente llegó un Renault 12 color vino tinto, se escuchó un grito “¡Llegó Lisandro!” Él se bajó del vehículo apresurado y entró a la habitación de papá. Todos fuimos testigos del más emotivo abrazo entre abuelo y nieto. Con Lisandro llegó Don Antonio Niño Prato —esposo de mi hermana Yolima— persona muy especial con mi padre y solicitó permiso para hacer una oración, en un acto de fe, tomó los pies de mi padre e inclinado rezó el credo de la iglesia católica como muestra de entrega y arrepentimiento. Los minutos fueron pasando. Junto a mi padre, a un costado de la cama, estaba su nieto Orlando Pérez Claro y en el otro, mi hermana Eucaris con su hija Adriana de tan solo tres meses, quien en su inocencia tomó un dedo de la mano derecha del abuelo. Al ver este gesto tan noble y angelical, el Padre Elías dijo: “Una vida que se va y otra que renace”. En ese instante, cuando la noche declinaba en la aurora, la vida de un hombre de temperamento fuerte, campesino curtido por el trabajo arduo, se fue apagando como una luz, su respiración se fue disminuyendo hasta exhalar su último aliento y quedar completamente inerte, el reloj señalaba las cinco y media de la mañana. En ese momento, el padre Elías en voz fuerte hizo la siguiente oración: “Señor, te encomendamos a tu siervo Juan Nepomuceno Claro Bayona, para que viva unido a ti después de haber muerto para el mundo, y, ya que ha pecado por la fragilidad humana, dígnate perdonarlo, tú que eres la misma bondad. Por Jesucristo nuestro señor. Amén”, enseguida leyó el salmo 93 y solicitó que lo acercaran al pueblo, porque quería hacer un primer homenaje a la vida de Don Juancho. 


Efectivamente, a las seis de la mañana en un gesto de compasión y solidaridad dobló las campanas en señal de duelo por el patriarca fallecido. Recuerdo que en ese momento me encontraba con el corazón destrozado en el parque Ángel Cortés de mi pueblo y vi al primo Manuel Antonio Claro Carrascal abriendo la tienda, se me acercó con el cariño de siempre y me dijo: “¿pariente se murió el tío Juancho?”. “Sí, pariente”, le contesté con infinita nostalgia. Sin rumbo fijo caminé y me sorprendió ver la oficina de TELECOM abierta, mis hermanos mayores estaban allí, llamando a los familiares de otras ciudades. Al llegar a la oficina, Doña Ligia Pérez de Pacheco que dirigía la oficina me dijo: “ay, Mariano, qué triste verte así” y me abrazó con esa calidez e inmenso cariño de siempre. 


Las comunicaciones en ese entonces eran limitadas, todas las llamadas se centralizaban en la oficina de TELECOM, los WhatsApp de la época eran los telegramas que llegaban de varias ciudades con expresiones de solidaridad muy reconfortantes. En la tarde del 2 de octubre de 1979, antes de salir con el féretro de la casa paterna, llegó el Padre Fray Domingo Claro Carrascal O.P., revestido con el hábito de gala que utilizan los Dominicos en ceremonias especiales y quien viajó desde Bogotá exclusivamente al funeral de su tío, su imponente presencia y magistral oratoria nos llenó de orgullo por sus hermosas palabras al momento de salir de la casa: “tío Juancho hoy tu cuerpo se marcha de esta casa donde el amor fructificó, pero tu espíritu y tu esencia se quedan para siempre”. El cortejo fúnebre recorrió el kilómetro de carretera polvorienta hasta el parque donde los alumnos del Colegio Fray José María Arévalo Claro hacían calle de honor, luego en señal de respeto y admiración, se hizo un recorrido por las calles del pueblo hasta el templo. El funeral fue presidido por el Padre Domingo y concelebraron los sacerdotes Elías Atehortúa Concha y Ramón Carrascal, playero amigo de la familia. 


Las nueve Eucaristías celebradas por el Padre Domingo y sus homilías fueron de añoranzas del tío Juancho, anécdotas del Pariente, sus frases y su ejemplo de vida. Días después, el Padre Fray Campo Elías Claro Carrascal O.P., en ese momento director de Veritas, semanario religioso de la Comunidad de los Dominicos, publicó una semblanza de la vida de mi padre; el título lo tengo muy presente: “Un bel morir tutta la vitta onora” —Una bella muerte honra toda la vida— frase de Francesco Petrarca. Un bello y significativo homenaje del Padre Campo que aún recuerdo con inmensa gratitud. Esta frase la utilicé como epitafio, escrito en su lápida anclada en la tumba, allá en la meseta donde está el Cementerio, sus restos reposan en el templo de mi pueblo. 


Hace unos días tuve la grata oportunidad de comunicarme y saludar a Monseñor Elías y me dijo: “tengo algo que contarte, no lo quise incluir en mis escritos autobiográficos por respeto a tu familia, pero la profunda impronta que dejó en mi vida sacerdotal la despedida de tu querido padre Juancho Claro, fue una lección inmensa de espiritualidad porque al momento de administrar el sacramento de la unción de los enfermos, en su rostro vi una sonrisa y le pregunté: Papá Juancho, ¿por qué tan sonriente? Y me respondió con firmeza: ¡Usted sabe con quién me voy a encontrar ahora más tarde! Esa respuesta, marcó mi vida sacerdotal, la he compartido en muchas homilías”, enfatizó con gran emoción Monseñor Elías. 


Mi padre Juan Nepumuceno Claro Bayona nació el 18 de octubre de 1898 en el hogar de Camilo Claro Velásquez y Laureana Bayona Bayona, nieto de Juan Claro Arenas y María de Jesús Velásquez, familias arraigadas en La Playa y Aspasica. Papá estudió hasta segundo de primaria y se distinguió por ser un hombre respetuoso, campesino, serio y trabajador, emprendedor en la comercialización de productos a lomo de mula por el camino de herradura entre La Playa y Ocaña, tenía una recua de mulas de carga y caballos. En sus recorridos a caballo por el Llano del Hato, conoció a una hermosa señorita de una familia reconocida de Aspasica, después de un corto noviazgo, a sus 24 años se comprometió y fijaron la fecha de boda. De acuerdo con el acta de su matrimonio con la “señorita Carmela Franco Navarro, en la Parroquia de Santa Catalina de Aspasica el 23 de junio de 1922, después de recibir las prescripciones canónicas previas para el sacramento del matrimonio, recibieron las bendiciones nupciales, los testigos fueron los señores Rosendo Chona B. y Juan Manzano”. 


La celebración fue en grande con música y comida para todos. El amor y la juventud de la nueva pareja consolidaron un hogar cálido en la casa solariega empotrada en la meseta que mira hacia Los Estoraques, allí crecieron los hermanos Claro Franco, con el encanto y la disciplina de Carmelita y la autoridad firme del hombre de la casa. Una bella niña fue la primera, a quien bautizaron con el nombre de Ramona, luego un varón, bautizado con el nombre de Efraín y así cada año la familia fue creciendo con Romelia, Hilda, Lorenza, Juan Bautista, Adolfo, Rodolfo, Leovigilda y Graciela, todos ellos conformaron sus familias y hoy sus hijos sobresalen como profesionales en las diferentes áreas del saber. Sobreviven dos de los hermanos, Leovigilda quien dedicó gran parte de su vida al servicio pastoral como religiosa en la Comunidad de la Presentación y hoy está radicada en nuestro pueblo La Playa de Belén y la menor de todos, mi querida hermana Graciela a quien cariñosamente le decimos Chela, ella, es un ejemplo de trabajo, una guerrera de la vida que ha entregado todo por su familia. Hemos sido muy cercanos siempre, nos unen sentimientos mutuos de familiaridad y afecto, para ella y sus hijos mi eterna gratitud.

 

En 1944 la señora Carmela Franco Navarro, hija de Emilio Franco y Mariana Navarro, presentó delicados y graves quebrantos de salud que le causaron la muerte a sus 35 años, fue un momento desconcertante y de profundo dolor para mi padre, ya que debía continuar la vida sin su amada esposa, pero con el compromiso y responsabilidad de cuidar a sus 10 hijos. Revisando el acta de defunción, Carmelita como era conocida: “murió a las 7:00 de la noche del 30 de septiembre de 1944 en La Playa, los familiares certificaron que la causa de la muerte fue —Daño— el denunciante: Daniel Armesto, testigos: Ramiro Álvarez y Juan de Dios Claro” 


Frente a la adversidad y a las dificultades de su nuevo rol de papá y mamá, se refugió en sus actividades mercantiles y agrícolas. Las hijas mayores se dedicaron al cuidado de los hermanos menores. Tres años después de la muerte de Carmelita, fue nombrado padrino de bautizo de una de las hijas de sus amigos Aurelio Manzano y Elcida Torrado Claro, la fiesta fue en la vereda de Aratoque —recuerda con cierta picardía mi mamá— Ese fue el escenario en donde mi madre de 17 años conoció a mi padre Juan Nepomuceno Claro Bayona de 48 años y a sus 10 hijos. “Era lo más de simpático y atento”, —afirma mi madre con una sonrisa— “Al día siguiente me llegó con serenata y recuerdo que eran como cinco músicos con tiple, bandola, guitarra y clarinete, el cantante lo hacía muy bien, era Luis Claro Ovallos, primo de Juancho, ese día fue muy cariñoso” “¡Uy, mamá, entonces nosotros heredamos el romanticismo de papá!” “Pues sí, puede ser” —asintió mi madre— “Cuando me visitaba en la casa de la finca Girón en San Calixto, llegaba en un caballo hermoso, acompañado de su hijo Juan Bautista y me avisaba desde un cerro, donde casi siempre hacía una descarga de cinco tiros al aire y papá decía: allá viene Juan Claro, me llevaba paquetes de cigarrillos Piel Roja”, relata mi madre. “¿Cómo era el abuelo con papá?” “Mi papá era el más entusiasmado con la visita y casi siempre terminábamos bailando”. Mamacita y ¿Cuánto tiempo duraron de novios? “Duramos de novios poco tiempo, Juancho habló con papá para organizar el matrimonio y se programó para un día después de la fiesta de la Virgen de las Mercedes, no recuerdo el año”. 


En mis agradables conversaciones con el entrañable amigo Doctor Guido Antonio Pérez Arévalo, me ayudó generosamente a identificar mis ancestros maternos y paternos. Cada vez que hablábamos era una clase magistral de historia, motivándome a escribir este tipo de crónicas. Además, me hablaba de Mauricio Durán León, un buen amigo que tenía en La Playa de Belén, joven Zootecnista interesado por la historia de nuestros ancestros. Después de la triste partida del historiador, me contacté con Mauricio y me facilitó una copia del original de la partida de matrimonio de mis padres que textualmente dice: “En la República de Colombia Departamento Norte de Santander, Municipio de La Playa, a las seis de la mañana del 25 de septiembre de 1947, contrajeron matrimonio católico en la Parroquia San José, el señor Juan N. Claro Bayona, natural de La Playa, de 48 años de edad, de profesión comerciante, estado civil anterior, viudo y la señorita Rosabel Torrado Claro, de 17 años de edad, natural de Hacarí, de profesión, oficios domésticos, estado civil anterior, soltera. La ceremonia fue presidida por el Reverendo Padre Froilán Rincón. La ceremonia fue presenciada por el funcionario que asienta esta acta que se firma en constancia: el contrayente, la contrayente, los testigos: Calixto Ovallos y Ramón Manzano. Firma y sello de Gerardo Claro, funcionario que extiende el acta”. En la parte final del acta, se registra la siguiente consigna: “Los contrayentes declaran que en virtud de este matrimonio quedan debidamente legitimados sus hijos” —Fiel copia del documento original—. 


Ese día fue muy significativo e histórico para nuestra familia, toda vez que se celebraron tres matrimonios, se casaron también dos hijas de mi padre, tal como se puede corroborar en las partidas de matrimonio de Romelia Claro Franco con Joaquín Pérez Pérez y Lorenza Claro Franco con Manuel Salvador Armesto Pérez. Al preguntarle a mi madre por la fiesta me respondió: “fue una gran fiesta, Juancho estaba muy contento y orgulloso por el matrimonio de sus dos hijas, él compró una novilla para la comida y papá contrató la banda del pueblo, la fiesta duró como tres días”, dijo mi madre. Este acontecimiento familiar cautivó la curiosidad entre los Playeros, porque eventos tan particulares como éste, no se habían registrado en el Pueblo. 


En nuestra familia, mi hermano Juan Bautista Claro Franco de 18 años y mi tía Carmen Eligia Torrado Claro de 19 años, se enamoraron y días después de la celebración del matrimonio de mis padres, decidieron casarse a escondidas y se escaparon muy temprano, llegaron a Ocaña y le solicitaron al padre Alcides Velásquez Claro, Párroco de Santa Ana que los casara, el padre Velásquez les pregunto: “¿por qué no lo hicieron el pasado 25 de septiembre?”. Juan Bautista, respondió: “Padre, no lo habíamos decidido, pero nos queremos”. El Padre Velásquez en tono serio dijo: “No puedo hacerlo sin el consentimiento de Juancho mi primo”. “Bueno gracias, Padre Velásquez”, dijo Juan Bautista, inclinando la cabeza en señal de respeto, pero con cierto desagrado y salieron un poco cabizbajos. Ya en el parque principal, se sentaron en una banca y mi tía Ligia toda nerviosa dijo: “esto no se va a poder, regresemos a La Playa o vámonos para Río de Oro a ver si nos casan”. Juan Bautista pensativo dijo: “No Licho, en Teorama está el Padre Alejandrino Pérez Amaya y él sí nos casa”. Se fueron al mercado y se embarcaron en la chiva que salía en ese momento. Al llegar a Teorama, el Padre Alejandrino los recibió muy bien e inmediatamente hizo los trámites correspondientes. Al día siguiente llegaron y como Juan Bautista era su mano derecha en la finca, llegó directamente a la tienda y le contó a mi padre. Él mirándolo a los ojos le dijo: “De tal palo tal astilla”. Hubo un momento de silencio y soltó una frase que recuerda Chela: “La vida es una tómbola y el que la baila es loco”. Juan Bautista se sonrió tímidamente por el respeto que infundía la figura paternal, fue entonces cuando papá en voz alta dijo: “Rosa vení pa acá”, inmediatamente llegó su joven esposa y dijo: “¿sí, Juancho?”, “¿Cómo te parece que tu hermana se casó con este zoquete y no avisaron?”, mirando a tía Ligia, le dijo: “¿y ahora qué venimos siendo?” —todos soltaron la risa— .“Rosa, trae unas totumas para celebrar esta locura de mi hijo y tu hermana” —dijo mi padre, dirigiéndose a la Victrola y colocó el disco “que vivan los novios, viva la alegría, que yo me iré ahora con la negra mía, pues con mi negrita yo seré feliz, allá en la casita˝ interpretada por el Cuarteto Morales Pino del compositor Emilio Sierra. Después del jolgorio, la nueva pareja se quedó un buen tiempo en la casa y un día mi padre les dijo: “Ya está lista la casa de la meseta, así que organicen sus cosas y a trabajar porque el que trabaja no come paja”. 


Ante la imposibilidad de encontrar una evidencia documental de la partida del matrimonio de mi hermano Juan Bautista y tía Ligia, he llegado a la conclusión que se casaron por el amor que se profesaban, más no por la iglesia. Cuenta mi madre que mis hermanas Hilda y Ramona les llevaban mercados como apoyo a la nueva pareja. Tía Ligia con el empuje de los Torrado, montó un alambique y empezó a vender guarapo, bebida muy demandada por los trabajadores de la finca. Después, ante la demanda de una bebida más fuerte, se decidió a producir un aguardiente destilado con anís que se llamaba “Chirrinche” —hoy se conoce como bolegancho—. Fueron años de trabajo y de entrega al hogar donde fruto del amor, llegaron cinco anhelados hijos, dos varones y tres niñas agraciadas. Se vivía con ciertas carencias en lo material, pero abundante amor en su entorno familiar. 


El 6 de enero de 1959, mi hermano Juan Bautista decidió viajar a Ocaña a cobrar un dinero que le debía su cuñado Santiago Torrado, al pasar por la casa paterna —Bella Vista— al ver a mi madre en la cocina con un niño en sus brazos le dijo: “Buenos días, Rosa, ¡cómo está de penco este niño! Déjeme cargarlo” Recuerda mi madre, “que ese día iba lo más de simpático con vestido completo, se tomó el tinto de afán, porque en ese preciso momento se escuchó la bocina de la chiva, El Canario, que lo llevaría a Ocaña. Fue la última vez que lo vi”, —replicó mi madreEse fatídico día, las balas asesinas disparadas por unos encapuchados invadidos por el odio y la soberbia segaron la vida de un hombre bueno, trabajador, padre de cinco hijos y esposo de una mujer que tuvo que convertirse en papá y mamá, ser una guerrera de la vida para sacar adelante a sus hijos y logró hacerlo con amor y grandeza. Mi hermana Chela, recuerda que esa noche fue horrible, “yo estaba en un baile en el pueblo, cuando llegan mis hermanos Adolfo y Efraín en un carro fúnebre con el cuerpo de mi hermano sin vida”. Hoy, después de 62 años y al describir este episodio triste de la familia, puedo declararme como un afortunado por haber sido el último a quien mi hermano cargo cuando tan solo tenía nueve meses de edad. 


Este hecho triste afectó demasiado a mi padre, las finanzas de la familia se deterioraron. No era para menos, le habían asesinado a su hijo de tan solo 29 años, un hombre de 1,73 metros de estatura, trabajador incansable, arriero curtido en el manejo de los caballos y las mulas de carga para el transporte y comercialización productos agrícolas y compras de víveres y abarrotes para surtir la tienda. Además, pensar en la situación de vulnerabilidad de sus cinco nietos y su nuera – cuñada. Sí, fueron tiempos difíciles, pero mis hermanos mayores Efraín y Adolfo, estuvieron siempre apoyándolo y lo visitaban con frecuencia. 


En la vereda La Rosa Blanca del Municipio de La Playa de Belén, finca Bella Vista, nacimos y crecimos los hermanos Claro Torrado, Juan Abel, Ramona Yolima, Eucaris María, Cecilia, Bernardo Alonso, Elizabeth, Luis Mariano, Jesús Emiro, María Helena y Diomedes, alimentados con la deliciosa agua panela con leche, endulzada con la miel de caña de azúcar producida en la finca y molida manualmente en el trapiche y unas cuantas vacas lecheras ordeñadas diariamente, la infaltable arepa ocañera de maíz pelado y molido en casa, yuca, frijoles, plátano chocheco, bananos dominicos y un delicioso queso preparado por las manos generosas de mi madre. Además, las frutas silvestres como las moras, guayabas agrias y dulces, tunas, arrayanas, pomarrosas, parchitas y de vez en cuando mandarinas y naranjas criollas eran el complemento. No había abundancia, pero nunca nos faltó la comida, aunque en ocasiones teníamos que compartir un huevo entre cuatro, libra y media de carne de res era suficiente para todos, ¡ah!, estrenar ropa era en diciembre para los mayores, porque los menores heredábamos las pintas del hermano mayor. Sí, fueron tiempos de austeridad, pero disfrutamos de lo simple, éramos felices bajo la autoridad firme y enérgica de papá, la protección maternal y el amor incondicional de mamá. 


El sentimiento de familiaridad con mis hermanos mayores siempre fue de respeto, cariño mutuo y gratitud. En el caso de Ramona es la hermana mayor, se casó con Ernesto Pérez y tuvieron varios hijos, entre ellos está Jesús Enrique Pérez Claro, primer nieto de mi padre, quien fue muy especial y actualmente vive en Ocaña. Mi hermano Efraín estuvo siempre pendiente de mi padre, nos visitaba casi todos los domingos con su esposa Doña Leticia Arévalo y sus hijos; la visita nos llenaba de júbilo porque era la ocasión para un almuerzo especial. Y qué decir de aquellas fiestas generosamente financiadas por mis hermanos Efraín y Adolfo, donde se celebraba la visita de nuestra hermana Leovigilda Claro Franco, que al recibir los hábitos como religiosa, —Monja— en la comunidad se le exigía cambiar de nombre y lo hizo por Carmen Imelda. Recuerdo que las fiestas duraban varios días y se convertían en una celebración de todo el Pueblo. De otra parte, hablar de mi hermano Adolfo es recordar a un hombre de carácter, solidario y muy trabajador; tengo en mi memoria, aquel día que llegó con grandes rollos de manguera, para reemplazar la tubería de hierro ya oxidada y al terminar su trabajo en forma satisfactoria y lograr mejorar el caudal de agua, para el consumo y el riego de los cultivos; mi padre muy agradecido dijo: “Este parece ingeniero, qué tal si hubiera estudiado”. También recuerdo con inmenso cariño a su esposa Doña Ubalda Carrascal Arévalo, por su nobleza y generosidad, —Papá le decía por respeto y admiración Misia Ubalda— ella, era muy especial, al igual que sus hijos, siempre nos recibían con mucho cariño. Romelia, era muy cercana a papá; recuerdo a sus hijas, sobrinas hermosas que alegraban las reuniones familiares con sus melodiosas voces. Mi hermana Chela, es muy especial, llegar a su casa en la calle de los teléfonos vía al barrio Tacalóa en Ocaña, era muy agradable por la desbordante explosión de cariño de sus hijos, Raúl Hernando, Claudia Patricia y María Alexandra. Su esposo Raúl Carrascal Vega, un hombre muy trabajador, dedicado a su familia y excelente comerciante. 


Compartimos la casa de campo con los hermanos menores Claro Franco, entre ellos Graciela “Chela” y Rodolfo. Mi hermana Chela, estuvo muy cerca de mi madre en toda la crianza y cuidado de mis hermanos. Así, nos forjamos como mujeres y hombres de bien. El tiempo fue pasando y con él fuimos creciendo, trabajando y estudiando; mis hermanas Yolima y Eucaris estudiaron la primaria en Escuela de La Playa y la secundaria, como internas en el Colegio Normal para Señoritas de Convención, Norte de Santander. En el mes de enero de 1969, Yolima se orientó por la vida religiosa o cómo se decía en ese entonces, —se fue de monja— para la Comunidad de la Presentación y alcanzó a lograr el postulando para recibir hábitos de novicia, pero el amor frustró esa vocación y hoy tiene dos hijos, Antonio Francisco residenciado en Londres – Inglaterra y Karla Gabriela radicada en Cúcuta. Eucaris se graduó como Normalista el 28 de noviembre de 1970 y en febrero de 1971 inició como docente en el Colegio La Turena de las Hermanas Dominicas de la Presentación en Floridablanca – Santander; sin embargo, tres meses después fue sorprendida con el nombramiento del Ministerio de Educación, como directora de la Escuela Rural en la Vereda El Carrizal de la Playa de Belén, allí hizo carrera en el magisterio. Su alegría, familiaridad, espontaneidad y la juventud de la época, la motivaron en diciembre de 1972 a comprar una Radiola marca “Niviko” la cual tenía un excelente sonido estéreo que se escuchaba en toda la Vereda de la Rosa Blanca. Las reuniones familiares, eran frecuentes y se bailaba al son de los Hispanos, los Melódicos y en las madrugadas era común escuchar rancheras de Antonio Aguilar como La Palma, recuerdo esos versos convertidos en canción: “En el mar hay una Palma, con las ramas hasta el suelo, donde se van a llorar los que no encuentran consuelo, pobrecita de la Palma. Con el sol se marchito y así se marchita mi alma cuando tú me dices que no”. Fue una época muy especial que disfrutamos todos con los mismos derechos, sin embargo, siempre hay uno preferido, en nuestro caso fue primero Juan Abel por ser el mayor y mi hermana Elizabeth, una mujer siempre niña que desbordaba amor y ternura con sus abrazos y besos a propios y extraños. Posteriormente, el consentido de mamá fue Jesús Emiro, mi hermano Sacerdote, quien, desde su ordenación —noviembre 18 de 1989— siempre estuvo con ella, de parroquia en parroquia, convirtiéndose en su más fiel escudera en la oración del Santo Rosario. 


Hay momentos que difícilmente se olvidan como aquella madrugada del 5 de enero de 2012, a las cuatro de la mañana me despertó el timbre del teléfono fijo y era mi hermano Jesús Emiro, llorando me dijo: “Mariano se murió Chabelo, se murió Chabelito” lloramos juntos la partida de nuestra hermana. Era la primera en morir de mis hermanosOtro momento triste fue el jueves 12 de noviembre de 2014, a las ocho de la mañana, timbra mi celular y veo una llamada de mi sobrina Valeria Claro Valencia, le contesto de inmediato con mi saludo cariñoso, pero ella exaltada me dice: “Tío, tío mi papá no reacciona, está muy mal”, pero Vale, “¿ya llamaron a los paramédicos?”, — le digo con gran asombro. — Y mi sobrina responde: “Sí tío, pero me están diciendo que ya no se puede hacer nada”. ¡Qué dolor sentí en lo más profundo de mi ser!, Bernardo mi hermano, mi amigo y benefactor de mis estudios universitarios, el hombre bueno y generoso había fallecido, mi celular no dejaba de timbrar, todos los familiares querían verificar la noticia que causó mucha consternación. Hoy recuerdo que en una oportunidad hablamos de la muerte y me dijo: “Nano, yo espero que la muerte me sorprenda dormido” y Dios en su infinita misericordia le concedió su deseo. Un tercer momento de inmensa nostalgia fue el martes 27 de junio de 2017, el estado de salud de mi hermano sacerdote se complicó e iniciamos la búsqueda de una Unidad de Cuidados Intensivos y a las cinco de la tarde, recibí una llamada de mi sobrina María Camila Rincón Claro que, entre sollozos, me dice: “Tío, tío, mi tío Jesús Emiro murió” ¡Qué noticia tan dolorosa! El Dios de la vida decidió que mi hermano sacerdote había terminado su misión pastoral en la tierra; su trabajo pastoral en la iglesia fue de entrega total al servicio de la comunidad y debía asumir otra en el cielo. 


Al llegar a la funeraria entendí la magnitud del trabajo de mi hermano, eran ríos de personas de todas las clases sociales, haciendo cola para darle el último adiós y en el funeral organizado por la Diócesis de Cúcuta en la Catedral, la cantidad de feligreses que asistieron vestidos de blanco fue multitudinaria. La Eucaristía presidida por el señor Obispo Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, acompañado por 120 sacerdotes, entre ellos el Padre Fray Ismael Arévalo Claro O.P. —primo y amigo especial— Es importante precisar que el señor Obispo en su homilía exaltó la entrega de mi hermano a la comunidad, su trabajo pastoral y su excelente servicio a la iglesia. En mi intervención representando a mi señora madre y hermanos, resalté lo siguiente: “…viviste auténticamente tu ministerio, fuimos permanentemente testigos de tu espiritualidad para darle dignidad al sacerdocio, a la eucaristía y a la vida sacramental en la iglesia; damos fe de ello, de tu entrega a la comunidad, de tu elevado y honroso sentido de la amistad, de tu amor y apoyo incondicional a quienes siempre creyeron en tu veneración a la Santísima Virgen María Corredentora de la Humanidad, La Divina Pastora…” Fue un momento muy emotivo donde tuve la fuerza para leer mis palabras de despedida y de gratitud. Al terminar la ceremonia en la puerta de la Catedral, me encontré con mi primo Guido Pérez y en voz baja me dijo: “Pariente, no sabíamos lo importante que era el Padre Jesús Emiro, no dimensionamos el trabajo tan importante y significativo desarrollado en su vida sacerdotal”. Sí, pariente estoy gratamente sorprendido, le respondí, mientras le daba un cálido abrazo. El gigantesco acompañamiento de sus amigos feligreses y familiares fue reconfortante, especialmente la sobrina Imelda Claro Carrascal y amigos de toda la vida como los hermanos Doris y Álvaro Arévalo Silva que viajaron a despedir al amigo de siempre. La vida de nuestra familia después de estos cuatro años de su pascua ha sido de resiliencia, pero la más afectada es mi madre que aún lo echa de menos y lo llora cada vez que ve su fotografía.


En nuestra familia hay vínculos de familiaridad muy particulares, por ejemplo, el doble vínculo de mi padre con mi tía Ligia, quien era cuñada y nuera a la vez. Entre sus hijos Lisandro, Alba, Javier, Miriam y Carmen Imelda, recuerdo con nostalgia e inmenso cariño a Lisandro Claro Torrado, hombre trabajador, lleno de virtudes, un luchador, forjador de sueños y un amigo inquebrantable, desafortunadamente, fue víctima de la maldita violencia que ha vivido nuestro país en los últimos años. Primero fue secuestrado y obligado a pagar para regresar a casa con su familia y después de unos meses, siendo las cuatro de la tarde del miércoles 14 de abril de 1994, fue asesinado en su establecimiento de comercio denominado “El Pariente”, acto asumido en un comunicado del grupo insurgente denominado Ejército Popular de Liberación (EPL). Al año siguiente, nuevamente la familia Claro vuelve a ser objetivo militar de los grupos al margen de la ley, en esta ocasión la víctima fue Román Alonso Claro Carrascal de 38 años, fue secuestrado y brutalmente asesinado en cautiverio el 20 de octubre de 1995. Este hecho causó gran consternación e impotencia a mi hermano Adolfo Claro Franco por la sevicia y agresividad con su amado hijo. 


Hoy en el atardecer de mi vida, con mi amigo Parkinson, afrontando el confinamiento voluntario por la pandemia del covid, tengo sentimientos de nostalgia por aquellos momentos compartidos con mi padre, hermanos, sobrinos que ya no están, pero como creyente tengo la certeza que gozan de la vida eterna. Me siento orgulloso y ciertamente es un privilegio pertenecer a una familia resiliente, trabajadora y forjadora de personas con altos valores éticos y morales, cimentados en el tiempo por nuestros ancestros que han hecho historia en La Playa de Belén y en la provincia de Ocaña. En la familia Claro prevalece la unidad, obviamente no somos perfectos, pero se respeta la diferencia y se reconoce por la diversidad de profesionales dispersos por el mundo. Estos son los hechos más relevantes que en mi concepto han generado mayor impacto y los he descrito con inmenso cariño. Espero que las nuevas generaciones disfruten esta ayuda de memoria para conocer una parte de la historia de nuestros ancestros. 


Luis Mariano Claro Torrado 

lmclaro43@gmail.com 

Bucaramanga, julio de 2021 

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